El precio del desprecio

debía estar desarrollándose a varios kilómetros de allí, en el mostrador de recepción del edificio de departamentos en Juriquilla.
Diego intentaría pagar la reserva con la tarjeta de crédito que le había entregado, solo para escuchar la respuesta automática del sistema rechazando la transacción una y otra vez. Imaginé a Doña Carmen quejándose del calor y del dolor de espalda, mientras Karla exigía entre berrinches que le entregaran las llaves para irse a la playa a tomarse fotografías. Para cuando Diego decidiera llamarme por teléfono, se encontraría con una grabación