nunca esperé: mi madre apareció en el pequeño departamento que Raquel me ayudó a conseguir. Llevaba dos maletas.
—Tu padre dijo que si salía, no regresara.
Vio a Miguel y se arrodilló llorando.
—Yo sabía parte de la verdad. No desde el principio, pero lo supe después. Y no hice nada.
Miguel la levantó.
—No me debes una reverencia.
—Te debo veinte años.
—No puedes devolverlos. Usa bien los que te queden.
Mi abuela Teresa tardó más.
Al principio fue a pedirle a Miguel que “no destruyera a sus hermanos”.