Tomás cerró la puerta.
—¿Dónde está la cinta?
Miguel, todavía débil, se levantó de la cama y se puso delante de mí.
—No la toques.
Tomás se burló.
—¿Qué vas a hacer?
Miguel lo miró sin bajar la cabeza.
—Ya conozco una prisión. Tú todavía no.
El notario recogió sus papeles y se marchó.
Mi padre me señaló la salida.
—Si te vas con él, no vuelvas a mi casa.
Tomé la bolsa de Miguel.
—Eso ya me lo habías ofrecido gratis.
Me fui.
Dos días después ocurrió algo que