un plato enorme de sopa, abrí mi ventana y lo llamé.
—Tío Miguel.
Levantó la cabeza.
Cuando le entregué el plato, sus manos llenas de cicatrices comenzaron a temblar. Luego ocurrió algo que todavía me duele recordar: se arrodilló y golpeó la frente contra el piso.
—Gracias, Cami… gracias.
—¡Levántate!
Pero lloraba como un niño.
Apretaba contra el pecho una vieja caja de hierro con un candado oxidado.
—¿Qué guardas ahí?
—Basura —respondió.
Mentía.
A la mañana siguiente desapareció. Lo encontré en una construcción abandonada cerca del viejo taller de