que Ricardo tenía a Camila, que Tomás tenía un bebé y que yo no tenía a nadie. Me pidió que confesara para “salvar a la familia”.
—¿Y aceptaste?
—Sí.
—Entonces tú también le mentiste a mi familia durante veinte años.
Miguel bajó la mirada.
—Sí.
Raquel respiró con dificultad.
—Mi mamá murió creyendo que el asesino de su esposo estaba encerrado.
—Lo sé.
—No, Miguel. Tú sabes lo que perdiste tú. Yo sé lo que perdió ella.
Aquella frase nos dejó en silencio.
Entonces Raquel sacó varios comprobantes.
—Durante años