mi madre recibió pequeños giros anónimos. ¿Eras tú?
Miguel asintió.
Había enviado parte de lo poco que ganaba trabajando dentro de prisión a la viuda de Samuel.
—No para comprar perdón —aclaró—. Solo porque Samuel no debía ser el único que pagara por lo que hicimos.
Raquel lloró por fin.
—Quiero que limpies tu nombre.
—No.
—No te lo estoy pidiendo por ti. Quiero que el expediente de mi padre diga quién lo mató de verdad.
Eso cambió a Miguel.
Por primera vez comprendió que seguir callando ya no protegía