Mi tío cumplió veinte años por un asesinato y, al salir, su propia familia lo dejó durmiendo entre ruinas; cuando quise ayudarlo, mi padre me gritó: “Si te vas con él, no vuelvas”. No discutí. Tomé su caja de hierro y me fui. Dentro había una factura firmada, cartas nunca abiertas y una voz grabada que cambiaba quién era realmente el culpable.

—Pensé que serían pocos años —dijo—. Después la sentencia fue mucho peor. Cuando quise arrepentirme, tú todavía eras una niña. Me convencí de que destruir a tu papá también te destruiría a ti.

Sentí rabia.

—Él te dejó durmiendo entre escombros.

Miguel cerró los ojos.

—No hagas nada por mí.

—No lo haré por ti. Lo haré por la verdad.

Cuando regresé a casa, mi padre me esperaba. Me preguntó dónde estaba. Mentí. Me dio una bofetada.

—Te prohibí acercarte a Miguel.

—¿Porque es un asesino?

—Sí.

Me reí.

Mi