madre Laura dejó caer un vaso.
Entonces comprendí que ella también sabía algo.
Tomás bajó las escaleras y, nervioso, preguntó:
—¿Miguel todavía tiene la caja?
Mi padre giró hacia él.
Demasiado tarde.
—¿Qué caja? —preguntó.
Yo sonreí.
—Una que, según ustedes, no existe.
Esa madrugada salí de casa y fui con don Ernesto. Cuando le conté todo, abrió un viejo archivero.
—Yo trabajaba con tu abuelo —dijo—. Y la noche que Samuel murió, Miguel estaba conmigo reparando un generador a más de veinte kilómetros.
Sacó una factura firmada por Miguel