lo está. Cuando deje de confiar en sí misma, firmará lo que pongamos delante.”
Me quedé inmóvil.
Aquellas palabras destruían cualquier posibilidad de accidente, confusión o malentendido.
Mi esposo y su madre no esperaban que yo enfermara.
Estaban esperando que yo me rindiera.
Pero aún faltaba saber hasta dónde habían estado dispuestos a llegar para conseguirlo.
PARTE 3
Leí aquella conversación tres veces.
“No necesitamos que un médico la declare incapaz. Solo necesitamos que ella crea que lo está.”
Las manos me temblaban.
Durante seis meses Mauricio me había convencido