de que olvidaba cosas.
Cuando yo preguntaba si había apagado la estufa, él decía:
—¿Otra vez no te acuerdas?
Cuando dudaba si había cerrado la puerta:
—Vero, esto ya me preocupa.
Cuando cometía el error más pequeño:
—Antes no eras así.
Y Beatriz reforzaba cada golpe.
—Deberías dejar el trabajo.
—Mauricio puede encargarse del dinero.
—Una mujer tan cansada no debería manejar tanto patrimonio.
No necesitaban encerrarme en una institución.
Querían algo mucho más sencillo.
Querían que yo caminara voluntariamente hasta un notario, derrotada, convencida de que ya no podía