yo llevábamos doce años casados. Él era asesor financiero; yo, contadora general de una empresa en Ciudad de México. Durante años nuestra relación había girado alrededor de algo que ambos entendíamos bien: números, presupuestos, inversiones, ahorro.
Todo cambió después de la muerte de mi tía Teresa.
Ella me había criado durante gran parte de mi adolescencia y nunca tuvo hijos. Cuando murió, me dejó dos departamentos y varias inversiones que, juntas, rondaban los veinticuatro millones de pesos.
Al principio Mauricio sonrió.
—Con esto tenemos el futuro resuelto.
Pero un año