después comenzó a insistir.
—Yo debería administrar ese patrimonio. Es mi trabajo.
—Quiero hacerlo yo. Era de mi tía.
Nunca discutíamos abiertamente. Él simplemente sonreía, esperaba unos días y volvía a intentarlo.
Cuando comenzaron mis problemas para dormir, sus propuestas se volvieron más directas.
—Pide una licencia en el trabajo. Descansa. Hazme un poder para actos de administración y yo me encargo de bancos, impuestos, rentas… de todo.
Yo siempre me negaba.
Entonces empezaron las pequeñas dudas.
—¿Sí cerraste la puerta?
—Claro.
—¿Segura? Últimamente olvidas muchas cosas.
Más de una