permanecí mirando las cifras.
No había niebla mental.
No había confusión.
Nunca la había habido.
Había existido miedo.
Y el miedo puede parecerse muchísimo a la incapacidad cuando alguien cercano se dedica todos los días a decirte que ya no eres capaz.
Pasó un año.
Una mañana contraté una limpieza profunda para mi departamento.
Cuando abrieron la puerta, descubrí que el técnico era Ernesto.
—¡Señora Verónica!
Sonreí.
—Parece que siempre terminamos encontrándonos debajo de alguna cama.
Él soltó una carcajada.
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Durante la limpieza hablamos de cosas normales: tráfico, trabajo,