el aumento de los precios, las lluvias.
Hasta que llegó al dormitorio.
Movió ligeramente la cama y se agachó.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
El corazón me dio un golpe seco.
Ernesto se quedó quieto.
—Señora Verónica…
Se me helaron las manos.
—¿Qué?
—Hay algo aquí.
Di dos pasos.
Ernesto metió el brazo debajo de la cama.
Sacó un calcetín gris.
El mismo que llevaba una semana buscando.
Lo miré.
Después lo miré a él.
Y comencé a reír.
No una risita nerviosa.
Me reí hasta que me