No era una víctima.
Cometí errores.
Graves.
Creí que siempre habría tiempo para arreglar mi vida.
Hasta que vi a esa pequeña dormir sobre mi pecho y entendí que ella no tenía por qué pagar por mis decisiones.
Tres días después del parto, una trabajadora social entró a mi habitación.
Traía una carpeta enorme entre los brazos.
Se sentó frente a mí y habló con una delicadeza que nunca olvidaré.
—¿Estás segura?
La miré.
Tenía a mi hija dormida entre los brazos.
Sentí que el corazón se me rompía.
—No…