ENTREGUÉ A MI HIJA EN ADOPCIÓN DESDE LA CÁRCEL… TREINTA AÑOS DESPUÉS, VOLVIÓ PARA SALVARME LA VIDA.

dos promesas.

La primera.

Nunca volver a cometer un delito.

La segunda.

Jamás buscar a mi hija.

No porque hubiera dejado de amarla.

Al contrario.

La amaba tanto que estaba convencida de que aparecer de repente solo serviría para destruir la vida que seguramente había construido con sus padres adoptivos.

Cada cumpleaños calculaba su edad.

“Hoy cumple diez.”

“Hoy debe estar terminando la secundaria.”

“Hoy quizá se enamoró por primera vez.”

“Hoy seguramente me odia.”

Y luego me obligaba a dejar de pensar.

Porque dolía demasiado.

Así pasaron más de