con los hombros encorvados.
Semanas después, el día del alta, Camila estaba sentada en el vestíbulo cuando murmuró:
—Mamá, tengo que confesarte algo.
—¿Qué pasó?
—La abuela me daba un jarabe rojo cuando tú trabajabas.
Daniela se quedó inmóvil.
—¿Qué jarabe?
—Decía que tenía hierro y vitaminas. Me pidió que no te dijera porque te ibas a enojar. Pero yo recordaba que tú dijiste que no tomara nada de ella… así que casi siempre lo vaciaba en la maceta.
—¿Casi siempre?
Camila bajó los ojos.
—A veces sí me lo