cerradas con cadenas, pero alrededor había pedazos de carcasas de baterías, manchas oscuras y una zanja donde aparentemente habían arrojado residuos.
Detrás de una malla rota jugaban dos niños.
Uno sostenía una lata con pequeñas gotas grises solidificadas.
Daniela reconoció inmediatamente aquellas bolitas.
Eran iguales a la que había encontrado meses antes en la chamarra de Camila.
—¡No toquen eso! —gritó.
Don Ernesto explicó que varias familias vivían detrás del terreno.
—Los niños se meten por el hoyo. Los corremos, pero regresan.
Daniela sintió náuseas.
No sólo Camila había estado