tú?
—Sí.
—¡Me estás destruyendo!
Daniela permaneció en silencio unos segundos.
—No, Mauricio. Yo sólo abrí la puerta de la bodega que tú llevabas meses escondiendo.
—Eduardo decía que no era tan peligroso.
—Nuestra hija estuvo en terapia intensiva.
—Yo no sabía que iba a pasar eso.
—Sabías que había plomo.
Mauricio empezó a llorar.
—Pensé que serían unos meses. Que venderíamos suficiente, compraríamos la casa y dejaríamos esto. Quería darte una vida mejor.
—¿Y para darme una vida mejor decidiste enseñarle a nuestra hija de nueve años a mentirme?