no reconociera a la mujer frente a él.
Quizá no la reconocía.
Durante nuestra relación yo había confundido tranquilidad con obediencia.
Me gustaba evitar conflictos.
Cedía en restaurantes, viajes, horarios y decisiones pequeñas.
Daniel interpretó cada concesión como una prueba de debilidad.
Nunca entendió que yo cedía porque lo amaba, no porque no pudiera defenderme.
—¿De verdad vas a tirar tres años por esto? —preguntó.
—Tú los tiraste en diez minutos.
—Mi madre pensó que era lo mejor.
—Entonces cásate con tu madre.
Su rostro cambió.
Yo cerré la puerta.