Seis meses después, compré su parte de la propiedad.
Tuvo que aceptar porque sus gastos legales y una deuda personal lo estaban asfixiando.
La casa quedó únicamente a mi nombre.
Durante semanas pensé en venderla.
Cada pared guardaba un recuerdo.
La cocina que había elegido con él.
La habitación que imaginamos para un futuro hijo.
La lámpara del comedor que discutimos durante horas antes de comprar.
Pero al final decidí quedármela.
No porque quisiera conservar nuestra historia.
Sino porque me negaba a dejar que él se apropiara también de mi