Trabajaba hasta doce horas al día y todavía aceptaba un segundo empleo porque temía volver a ser pobre con dos niños pequeños. La noche que mis gemelos de 9 años me recibieron con pasta quemada y dijeron “Hoy cuidamos nosotros de ti”, algo dentro de mí se rompió. Pero mi llanto cambió por completo cuando entendí por qué habían limpiado la casa con tanta desesperación…

venía solo.

A su lado había una mujer elegante de unos treinta y tantos años y un hombre con un portafolio.

—Laura —dijo Ricardo—. Tenemos que hablar como adultos.

Ella abrió apenas lo suficiente para bloquear la entrada.

—Habla.

Ricardo sonrió.

—Quiero que Diego y Sofía se vengan conmigo.

—No.

—No depende sólo de ti.

El hombre del portafolio intervino.

—Señora Hernández, podemos evitar un proceso desagradable si llegamos a un acuerdo.

Laura lo miró.

—¿Qué acuerdo?

Ricardo sacó varios papeles.

—Tú firmas la custodia. Ellos vivirán conmigo. Podrás verlos