venía solo.
A su lado había una mujer elegante de unos treinta y tantos años y un hombre con un portafolio.
—Laura —dijo Ricardo—. Tenemos que hablar como adultos.
Ella abrió apenas lo suficiente para bloquear la entrada.
—Habla.
Ricardo sonrió.
—Quiero que Diego y Sofía se vengan conmigo.
—No.
—No depende sólo de ti.
El hombre del portafolio intervino.
—Señora Hernández, podemos evitar un proceso desagradable si llegamos a un acuerdo.
Laura lo miró.
—¿Qué acuerdo?
Ricardo sacó varios papeles.
—Tú firmas la custodia. Ellos vivirán conmigo. Podrás verlos