ella había trabajado hasta enfermarse para que a sus hijos no les faltara lo básico, mientras Ricardo podía aparecer de repente ofreciendo aquello que ella jamás había podido comprar.
—¿Y ustedes qué le dijeron?
Diego se encogió de hombros.
—Que no queríamos irnos.
Laura levantó la mirada.
—¿De verdad?
—Claro —respondió Sofía—. Pero se enojó.
Ricardo había llegado esa tarde cuando los gemelos volvían de la escuela. Llevaba ropa cara, un reloj brillante y una camioneta nueva.
Los abrazó como si hubiera salido de viaje una semana, no desaparecido de