misma pregunta atormentó a Laura toda la noche.
A la mañana siguiente decidió faltar al trabajo por primera vez sin que ninguno de sus hijos estuviera enfermo.
A las diez y veinte sonó el timbre.
Ricardo estaba detrás de la puerta.
No venía solo.
A su lado había una mujer elegante de unos treinta y tantos años y un hombre con un portafolio.
—Laura —dijo Ricardo—. Tenemos que hablar como adultos.
Ella abrió apenas lo suficiente para bloquear la entrada.
—Habla.
Ricardo sonrió.
—Quiero que Diego y Sofía se vengan