madre.
Cerró los ojos.
Patricia la observó.
—¿Quieres seguir?
Laura respiró profundo.
—Sí.
Y siguió.
Durante los días posteriores reunió todo.
Las constancias de la escuela.
Los mensajes de los maestros.
Los recibos del pediatra.
Las transferencias bancarias.
Las declaraciones de Mariana.
Las de doña Carmen.
Hasta una carta de la supervisora del supermercado confirmando que Laura ajustaba horarios, pedía cambios de turno y utilizaba sus días de descanso para atender asuntos relacionados con sus hijos.
Ricardo, por su parte, había construido su caso alrededor de una sola idea:
Laura