todavía era justo. No podían desperdiciar nada. Pero por primera vez en años había un pequeño margen para respirar.
El primer domingo libre, Laura despertó a las nueve.
Al principio no entendió qué ocurría.
Había luz entrando por la ventana.
No sonaba ninguna alarma.
No tenía que correr.
Fue a la cocina.
Diego intentaba hacer hotcakes.
Uno parecía un mapa de México deformado.
Sofía estaba cortando fresas.
Cuando vieron a su madre, se quedaron quietos.
—¿No te vas a trabajar? —preguntó Diego.
Laura sonrió.
—Hoy no.
Los gemelos gritaron como