se convirtió en tres.
Después en cinco.
No teníamos hijos.
Simplemente mi vida se había ido haciendo más pequeña mientras la suya crecía.
A las tres de la madrugada empecé a mandar currículums.
Dos semanas después, Alejandro apareció.
Valeria venía con él.
Intentó abrir con su antigua llave.
No pudo.
Golpeó la puerta.
Yo contesté por la cámara.
—¿Qué quieres?
—Entrar a mi casa.
—No es tu casa.
Entonces vio las cajas con sus pertenencias que habían sido preparadas para entrega conforme a las instrucciones del abogado.
La lluvia de