dejé que la empresa hiciera lo suyo.
Mientras tanto, el divorcio avanzaba lentamente.
Alejandro intentó presentar nuestra separación como algo civilizado.
A conocidos les decía:
—Llevábamos años mal. Simplemente conocí a alguien que me hizo darme cuenta.
Convenientemente olvidaba mencionar que esa persona era una empleada a su cargo.
También decía que yo era agresiva.
Y tenía un hecho perfecto para repetir: la bofetada.
No me enorgullecía.
Cuando mi abogado me preguntó, no traté de justificarla.
—Sí, ocurrió —le dije—. Perdí el control.
—Entonces no vuelvas a comunicarte directamente con