los treinta y tantos.
Al principio me dio vergüenza.
Yo había estudiado, había tenido experiencia y alguna vez tuve planes grandes.
Ahora acomodaba novelas en estantes y ayudaba a clientes a encontrar regalos.
Pero cada quincena recibía dinero que era mío.
No tenía que explicar en qué lo gastaba.
Ese pequeño detalle me parecía inmenso.
Meses después conseguí un puesto administrativo de tiempo completo en una empresa de logística.
No era glamuroso.
Pero pagaba bien.
Poco a poco mi vida comenzó a parecer aburrida.
Y descubrí que adoraba el aburrimiento.