entre ellos empezaba a sentirse como un programa que había dejado de ver.
Una tarde me encontré a Alejandro en una tienda de descuentos.
Fue tan poco cinematográfico que casi resultó gracioso.
Estábamos frente a los detergentes.
Él tenía un paquete de papel de baño bajo el brazo.
Yo llevaba suavizante.
Nos miramos.
Se veía más delgado.
Cansado.
Abrió la boca.
—Mariana…
No esperé.
Seguí caminando.
Dentro del coche me temblaron las manos durante diez minutos.
Pero sonreí.
Había pasado años soñando con todo lo que le diría si volvía