decirle algo.
No “debiste irte antes”.
No “¿cómo no te diste cuenta?”
Solo:
“Ya no tienes que hacerte pequeña para que otra persona se sienta grande.”
Esa noche dormí de corrido.
Sin revisar la hora.
Sin escuchar un coche esperando que fuera él.
Sin preguntarme dónde estaba mi esposo.
Porque ya no tenía esposo.
Y, por primera vez en muchos años, esa idea no me produjo miedo.
Me dio paz.