y las uñas recién hechas. Todo en ella parecía pagado por alguien más. Y ese alguien era Daniela.
Durante casi cinco años, Daniela había depositado treinta mil pesos cada mes a su suegra “para sus gastos”. No incluía comida, luz, agua, internet ni medicamentos. Esos también los pagaba ella. Los treinta mil eran para salones de belleza, comidas con amigas, ropa, regalos para la hija de Beatriz y viajes que luego la mujer presumía como si salieran de su propia cartera.
Daniela trabajaba como directora de proyectos para una empresa