internacional. Ganaba bien, pero no porque el dinero le cayera del cielo. Vivía entre juntas, aeropuertos, llamadas de madrugada y cierres imposibles. Al principio aceptó ayudar a la familia de su esposo porque creyó que así habría paz.
Se equivocó.
—Este mes tuve un problema de liquidez —dijo, dejando el bolso sobre una silla—. No voy a transferirte nada hoy. El próximo mes vemos cómo lo resolvemos.
Beatriz abrió los ojos como si acabara de escuchar una blasfemia.
—¿Cómo que no? Tú entraste a esta familia para respetar a los