Le di a mi suegra 30.000 pesos mensuales durante casi cinco años, pero el primer mes que cerré la cartera terminó golpeándome hasta hacerme sangrar. “Si no obedeces, vete de esta casa”, dijo mi marido. Me levanté sin discutir, dejé unos papeles sobre la mesa y me fui. Cuando ambos vieron el encabezado del documento, dejaron de sonreír.

Daniela.

Cuando la tarjeta desapareció, también desapareció el personaje.

El pago mensual del crédito del departamento venció. Mauricio tenía que cubrirlo con su propio sueldo. No pudo.

Beatriz descubrió que la electricidad, el internet, el mantenimiento y hasta el plan familiar de teléfono ya no estaban domiciliados a la cuenta de Daniela. Nadie les cortó los servicios de inmediato, pero por primera vez llegaron recibos que ellos mismos tenían que pagar.

Beatriz llamó a su hija.

—Lorena, necesito que me prestes.

—Mamá, yo tampoco tengo.

—Pero Daniela te daba dinero.