tu madre, deposítame aunque sea diez mil al mes.”
Daniela leyó la carta dos veces.
Después la guardó en el expediente.
—Ni siquiera ahora entiende —dijo.
Verónica levantó una ceja.
—¿Vas a responder?
—No.
Y no respondió.
Esa tarde, por primera vez en años, Daniela se compró algo sin sentir culpa: un boleto de avión para llevar a sus padres a Oaxaca durante un fin de semana largo. No era un viaje de lujo ni una demostración. Solo quería sentarse con ellos en una terraza, comer mole negro, caminar sin