su madre.
Y después un hombre de cabello canoso, hombros anchos y mirada severa.
Su padre.
Rodrigo se acercó sin abrir la reja.
—Elena.
—Te dije que no vinieras.
—Lo sé.
—Y viniste.
—Sí.
Su padre observaba en silencio.
Beatriz también.
Abrí el portón.
No porque lo hubiera perdonado.
Sino porque quería escuchar qué clase de explicación necesitaba un hombre para fingir ser mudo durante siete días frente a una mujer que le había curado las heridas.
Y cuando Rodrigo metió la mano en el bolsillo de su saco y