así. Pero más me dolía extrañar al hombre que, técnicamente, nunca había existido.
Diez días después de su partida, abrí el cuaderno.
Leí sus frases.
“¿No tienes miedo de mí?”
“No quiero irme de aquí.”
“Lo sé.”
“Perdóname.”
Y entendí que mi enojo no era por el dinero.
Era porque había confiado en alguien que me había dejado entrar a una versión incompleta de su vida.
Dos semanas después, mientras colgaba unas cortinas recién lavadas, escuché un motor detenerse frente a mi portón.
Una camioneta negra.
Rodrigo bajó primero.
Luego