se puso serio.
—Entonces ya no.
—¿Sin helicóptero dramático en el patio?
—Prometo usar carretera.
—La carretera es horrible.
—Sobreviví dos meses en la sierra.
—No presumas.
Me quedé callada.
Luego fui al cajón y saqué el cuaderno amarillo.
Lo puse sobre la mesa. Rodrigo lo tocó con la punta de los dedos.
—Pensé que lo habías tirado.
—Lo pensé.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque algunas mentiras también guardan verdades.
Me miró de una manera que me incomodó un poco.
No por intensa.
Por limpia.
—¿Vendrás el próximo sábado? —