llovido y el camino estaba hecho pedazos.
Llamé a don Ismael, mi vecino. Entre los dos lo metimos a la casa.
No traía identificación, solo un teléfono destruido. Le limpié las heridas, vendé sus manos y vigilé durante horas la pierna inflamada.
Cuando abrió los ojos al amanecer, me observó largo rato.
—¿Puedes hablar?
Negó con la cabeza.
—¿Cómo te llamas?
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Nada.
Le dejé un cuaderno y un lápiz al lado.
No escribió hasta la noche.
Dos palabras.
“Gracias. Rodrigo.”
Así empezó todo.
Los siguientes días caminó poco, comió