No me hizo caso.
Cojeando, cargó uno.
Luego otro.
Al terminar se sentó junto al gallinero, agotado, pero satisfecho.
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Esa noche don Ismael vino a tomar café.
—El comandante averiguó más. Nadie con ese nombre está reportado. Ni aquí ni en los estados vecinos.
Cuando se fue, entré al recibidor.
Rodrigo estaba despierto.
—¿Ese es tu nombre verdadero?
Asintió.
—¿Te están buscando?
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Tardó más, pero volvió a asentir.
Sentí un frío extraño en el estómago.
—Entonces me mentiste.
Tomó el cuaderno.
Escribió una sola frase:
“No quiero irme