despierto, con los ojos oscuros siguiendo las luces del techo. Lo tomé en brazos y, cuando Diego entró, se quedó a distancia.
—¿Puedo cargarlo? —preguntó.
Dudé por protección, luego asentí. Lo vi sostener a Emiliano con torpeza, cuidando cada movimiento. Se le humedecieron los ojos.
—Perdón, Valeria —susurró—. Mentí por miedo.
—El perdón no se pide, se demuestra —le contesté—. Empieza mañana.
Y empezó. Al día siguiente cumplió: fuimos a mediación, llevé los informes del hospital y él llevó sus comprobantes de ingresos. La mediadora nos hizo hablar sin gritos,