Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

qué tristeza”, decía cada que pasaba por el pasillo. Yo me tragaba el coraje por la paz de la familia. Vivíamos en una residencia preciosa en un fraccionamiento exclusivo, una propiedad que mis padres compraron y pusieron a mi nombre a través de un acta de donación. Diego siempre presumía la casa como suya, y yo, por no hacerlo sentir menos, jamás lo desmentí.

Pero hace dos años, la constructora de Diego empezó a irse a pique. Él cambió. Llegaba de madrugada, siempre con el teléfono bloqueado y la mirada