qué tristeza”, decía cada que pasaba por el pasillo. Yo me tragaba el coraje por la paz de la familia. Vivíamos en una residencia preciosa en un fraccionamiento exclusivo, una propiedad que mis padres compraron y pusieron a mi nombre a través de un acta de donación. Diego siempre presumía la casa como suya, y yo, por no hacerlo sentir menos, jamás lo desmentí.
Pero hace dos años, la constructora de Diego empezó a irse a pique. Él cambió. Llegaba de madrugada, siempre con el teléfono bloqueado y la mirada