Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

No necesitamos probar que la empujaste en el yate para meterte a la cárcel, Diego —dijo Mariana con voz firme y profesional—. Tenemos las grabaciones del banco, el peritaje preliminar de grafoscopía y los testimonios de los ejecutivos. Falsificaste la firma de Lucía en los documentos notariales para hipotecar esta casa. Eso, por sí solo, es fraude y falsificación de documentos oficiales. Tienes una denuncia penal que se presentó hace dos horas.

El rostro de Diego se desfiguró. Miró a Valeria buscando apoyo, pero ella ya estaba tomando su bolso,