de su rostro. —Diego… —murmuró con la voz rota—. Tú me juraste que no tenías nada que ver. Me juraste que ella se había caído. ¡Dime que no fuiste capaz de hacer esto!
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—¡Cállate, mamá! —le gritó él, perdiendo por completo los estribos, mostrando por fin su verdadera cara frente a todos—. ¡Es una locura! ¡Nadie puede probar nada!
Fue entonces cuando Mariana, mi abogada, que había estado esperando afuera en el auto, entró a la casa con un maletín. Su presencia impuso un respeto inmediato en la sala. —