desde arriba con una dignidad implacable.
—Usted… —dijo mi madre, con una voz baja pero que retumbó en cada rincón de la casa—. Usted es tan culpable como él. Quería tanto un nieto, anhelaba tanto el dinero de mi hija para su hijo fracasado, que no le importó ver cómo le destruían la vida. Sabía de la amante. Sabía del fraude de la casa. Ayudó a buscar los papeles. ¿Y todo para qué? Para terminar de rodillas, viendo cómo su hijo se va a ir a la cárcel por criminal.