Llévese sus cosas de mi casa. No la quiero volver a ver cerca de mi hija.
Doña Carmen no pudo ni mirarnos a la cara. Alejandro la ayudó a levantarse sin ninguna delicadeza y le ordenó que fuera a empacar sus maletas. Mientras tanto, Diego intentaba negociar, suplicar, prometer. Me ofreció irse de la ciudad, dejarme en paz, no pelear el divorcio. Lloró, se arrodilló, se arrastró por el suelo rogándome que retirara los cargos del banco.
—Dieciocho años te entregué —le dije, mirándolo desde arriba, sintiendo cómo se cerraba