Durante dieciocho años le entregué mi juventud, mi dinero y mi paciencia a un hombre que me traicionó de la manera más baja, planeando un falso accidente náutico para tirarme al mar y apoderarse de la única propiedad que me quedaba en el mundo para entregársela a su amante en turno y a su madre alcahueta; logré sobrevivir de milagro a las aguas heladas y, cuando volví a casa diez días después con una carpeta de pruebas contundentes bajo el brazo, lo encontré brindando con champaña en la sala junto a su nueva familia; saqué mi teléfono, abrí el expediente de la fiscalía y le dije simplemente: “Salúdame a la policía cuando lleguen por ti”, antes de ver cómo su mundo perfecto se desmoronaba en mil pedazos frente a sus propios ojos.

en el hogar, que no debemos hacer sentir menos a los hombres para no lastimar su ego. Nos dicen que un matrimonio lo aguanta todo. Pero es mentira. El silencio no compra la paz, solo le da poder al abusador.

No me arrepiento de haber sido buena, de haber compartido mi vida y mis bienes cuando creí que era amor. Pero agradezco a la vida haberme dado la fuerza para nadar en medio de la oscuridad del mar, para salir a la superficie y reclamar mi lugar en el mundo.