la cerradura. Durante tres años creí que Emilia y yo éramos todo lo que quedaba de nuestra familia. Ahora un desconocido afirmaba ser su tío.
—Me llamo Esteban Montalvo —dijo—. Y el anillo que su nieta devolvió ayer es el que mi madre le heredó a Valeria.
Lo que Valeria nunca contó
Lo dejé pasar, con las manos temblándome, y se sentó en mi sala. Me explicó que los Montalvo eran una familia adinerada de joyeros. Cuando Valeria se enamoró de mi hijo, un maestro de escuela sin fortuna, su