años cuyo nombre ni siquiera sabíamos.
Abrió el sobre y me mostró un documento.
—En su testamento, mi madre dejó el anillo y una parte de la herencia a la hija de Valeria. Mi prima Mariana, la mujer que ayer perdió el anillo, lo llevaba a la notaría para guardarlo en un fideicomiso mientras seguíamos buscando. Se le cayó en el supermercado. Su teléfono sonó justo cuando entendió lo que había perdido: era yo, avisándole que la notaría la esperaba.
Me quedé inmóvil. Del otro lado de la ventana, la