la habría asustado tanto. Emilia, en cambio, estaba radiante.
—¡La hicimos feliz, abuela!
—Sí, mi vida. La hicimos feliz.
Terminamos las compras y volvimos a casa. Al anochecer, casi había olvidado el asunto. Creí que nuestros caminos no se cruzarían nunca más.
Siete y cuarto de la mañana
Al día siguiente, exactamente a las 7:15, alguien golpeó la puerta con fuerza. Emilia seguía dormida arriba. Aparté la cortina: una camioneta negra estaba estacionada frente a la casa y en el porche había un hombre alto con traje oscuro impecable